«Hola José María, lo primero que debo hacer es agradecer la sinceridad de tu largo correo…».
Es curioso, pero de inmediato dejé de leer el texto que seguía de un empleado de una conocida empresa de informática. Era la segunda vez en pocas semanas que alguien de cierto nivel en esa compañía multinacional —con quien ya tenía un buen trato personal— opinaba que enviaba mensajes “largos”.
Como el asunto no era urgente, pasé a otra cosa. No podía quitarme de la mente en ese momento el que el anterior hubiera dicho que no leía mis mensajes porque eran “largos”. No quería que mi nuevo interlocutor, que evidentemente sí había encontrado tiempo para leerlo (quizá sea porque lleva pocos meses en la empresa), recibiera una contestación demasiado condicionada por mi desacuerdo con el estilo comunicador de su actual empleador: dar la callada por respuesta si el mensaje es “largo” (¿cuánto de largo?).
Unos días más tarde, tras copiarlo en un procesador de textos y contar sus palabras, vi que tenía 959. La respuesta de mi interlocutor era de 1.252, y terminaba diciendo:
«No hay nada como hablar “claro”, aunque luego nos salgan estos mails que sólo debemos leer tú y yo…
»
Fui al blog de JA.Millán para ver si encontraba algo relacionado y di con «Texto en línea, lectura y juego». Me puse a escribir esta entrada con la idea de relajarme con ello, y de responderle más tarde con mi mejor disposición.
Cuando comencé a usar el correo electrónico en DEC en 1988, me explicaron algo así como que el email era una comunicación de uno a uno (o a varios), el videotext (tablón) de uno a muchos y el notes (foro) de varios a varios. No recuerdo que me dijeran nada sobre la longitud máxima de sus textos. Yo venía de una empresa de consultoría de dirección, donde redactaba cartas, informes, propuestas, etc. en WordPerfect que luego imprimíamos, y tampoco me dieron normas sobre el particular más allá de las tradicionales del lenguaje escrito, aprendidas de adolescente.
En DEC no teníamos PCs, sino VTs con «All-in-one» en los VAXes del cluster interno conectado a la red mundial privada DECnet. Ésta, junto con las de IBM y AT&T, eran entonces las tres de datos más grandes de la Tierra, pero eran cerradas. Todavía mandábamos y recibíamos muchos memorándums internos impresos con 1-5 hojas, así como cartas de análoga extensión a colaboradores, proveedores y clientes. Los textos cortos se escribían en notas de sobremesa si el interlocutor estaba cerca, o si se trataba de un recordatorio. Llamábamos por teléfono si era alguien interno de otro sitio, con el engorro de la sincronicidad, o mandábamos un fax si era alguien externo. No envié ningún telegrama, ejemplo canónico de mensaje corto que había visto en casa de mis padres. Tampoco remití ningún telex con algo más de texto, medio que había empleado muy esporádicamente en la consultora.
Evidentemente, a medida que se intentaba mejorar la productividad e iban desapareciendo las secretarias, fuimos enviando todos los textos por email. Dejábamos a su destinatario la decisión de imprimirlo según su sensibilidad al gasto de impresora o papel, o al impacto medioambiental.
Ahora, disponiendo de medios electrónicos con alcance casi general, y teniendo sistemas de mensajería instantánea (IM), mensajes cortos (SMS), twits (Twitter)… para la comunicación escrita y concisa entre dos personas, ¿cuál ha de ser la extensión recomendable para los textos remitidos por correo electrónico? ¿Si pasan de 2-300 palabras deben enviarse como adjunto? ¿Hay que dejar de redactar este tipo de textos y, para contar u opinar algo, debemos montar un meeting o una conference call? En fin… ¡qué excusas tan tontas ponemos a veces para no leer o prestar atención a ciertos asuntos que nos incomodan…!
[Foto: «his first email», Flickr]
Actualización 080617-0850: Juan Freire hace una reflexión relevante sobre la lectura en la era digital.









