Cuando entramos en un debate, ¿sabemos en qué cuadrilátero nos movemos? ¿En qué escenario debemos discutir sobre el lamentable comportamiento público reciente de los políticos españoles de uno u otro signo?
Hace bastante tiempo que no me asomo a esta ventana para compartir algunas impresiones. El verano que terminó hace un par de semanas, con sus vacaciones y, sobre todo, con el conflicto provocado por uno de mis socios, me ha mantenido muy apartado del cuaderno. Ya escribiré sobre ello. No obstante, he procurado seguir leyendo y comentando en otros sitios y en éste. A una de estas conversaciones me referiré más adelante. Anuncié un compromiso y tenía pendiente su cumplimiento.
Para impulsarme un poco me retrotraeré a cuando era un infante con el uso de razón poco más que estrenado. En lo que entonces debían de ser los primeros años del bachiller elemental español (hacia el final de la enseñanza primaria actual), hablar de resolver un problema tenía un significado preciso. ¿Cuánto te ha dado? Era una pregunta que solías hacer tras calcular la localización del sitio donde iban a chocar dos trenes que circulaban por la misma vía ferroviaria en sentidos opuestos a velocidades diferentes.
Desconozco si en la enseñanza española de hoy se sigue haciendo esa pregunta. Supongo que sí, aunque se empleen velocidades más propias de los convoyes de AVE. También imagino que se utilizarán capitales distintas de Barcelona y Madrid. ¿Serán más europeas o más nacionalistas? ¿Se tratarán también las consecuencias de estas colisiones potenciales? Por cierto, ¿algún progenitor o docente que puede ayudar con estas cuestiones?
Resolver cuestiones, problemas, dificultades, conflictos, dilemas, contradicciones… Si sigo por este camino voy a adentrarme en los territorios dominados por Mario y por Eliyahu, el promotor de la TOC. No es hacia donde quiero ir ahora. Son territorios harto desconocidos para mí. No voy mucho más allá de lo aprendido en la infancia y de aplicar el Kepner-Tregoe, que medio utilicé en una de las multinacionales en las que he servido, como dicen los militares.
Al pensar aquí sobre qué implicaba resolver un problema me dirigía hacia otro terreno: el que Guillermo ha pisado en sus comentarios a una de mis entradas sobre política y participación ciudadana. Supongo que la idea primaria que subyacía en la conversación era la de que algunos (¿pocos, muchos?) españoles estamos en desacuerdo con la acción de los políticos que quieren representarnos (desde el gobierno o en la oposición). ¿Cuántos deseamos encontrar nuevos cauces para estar presentes o influir en la sociedad?
Como este cuaderno no es más que un espacio de reflexión personal y compartida —en la medida en que otros quieran emplearlo—, prescindiré de encuestas o de barómetros sociales para tratar de establecer objetivamente la situación de partida de ese descontento. Sin embargo, no podemos olvidar que, para encontrar buenas respuestas a las cuestiones que nos formulamos, debiéramos plantearlas en un marco adecuado de forma variada, clara y delimitada, aunque sólo fuera cualitativamente.
De la conversación con Guillermo he sacado la conclusión de que ambos consideramos que el juego de los políticos españoles actuales no nos lleva a vivir mejor. También que es preciso salirse de él, que tenemos que cambiar de mentalidad y que debemos realizar esfuerzos individuales, aunque eso no baste.
Aprovechando sus vínculos a interesantes entrevistas o trabajos de Pimentel, Niño, Navarro, Castells y Lévy —y citando sus palabras—, concluyo igualmente que coincidimos en el «protagonismo exagerado e injustificado que tienen los políticos en la vida pública». También en que «lo que se está planteando en el fondo es que su rol, al menos como se había entendido hasta ahora, empieza a estar injustificado.»
Nuestra pequeña controversia parecía radicar en la distinta valoración de la utilidad de «una muestra de inteligencia política». José Antonio Marina la hizo en su libro «El vuelo de la inteligencia» en 2000 [págs. 140-1]. La utilizaba como ejemplo de que la democracia podría ser un «modo conjunto de resolver problemas» en vez de «un modo de participar y de controlar el poder». Estando de acuerdo con Marina en su enfoque de democracia no lo estaba con su muestra.
En cualquier caso, lo que me hizo suspender el debate y reflexionar en esta entrada fue mi duda sobre desde dónde estábamos analizando el problema. ¿Sigue suficientemente bien fundada en nuestra presente realidad antropológica, social, científica y tecnológica una democracia parlamentaria basada en partidos con listas cerradas?
Para intentar resolver un problema debemos haberlo formulado de forma adecuada. Creo que el de nuestra democracia no se resuelve con un partido nuevo que sólo se dedique a controlar al resto en el parlamento. Porque, ¿para qué necesitamos hoy los partidos? ¿No podemos decidir democráticamente de otra manera lo que nos va a afectar a todos? ¿Estamos pensando suficientemente fuera de la caja?
Entradas de este cuaderno con alguna relación: ¿Jugamos a la política o desarrollamos algo?, La política de gastos y gestos.
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