Hay quienes entienden las políticas como conjuntos de metas y criterios de decisión. Otros las confunden con planes de acción, o con instrumentos y métodos. También viven quienes las asocian a sus creencias o las consideran meros planes de comunicación para mejorar su imagen delante de los ciudadanos, electores, empleados, accionistas…
Uno de mis antiguos y queridos compañeros de fatigas profesorales de ingeniería en la UC3M, Juan Luis Gordo, se ha referido también al inicio de la campaña socialista para las europeas del 7J. Hace varios años que había perdido su rastro. Mira por donde ahora representa una opción política en el Senado y en la blogosfera hispana. Me he alegrado; sabe mucho de varias materias y comprende los entresijos de la gobernanza pública, entre otras cosas.
Mi colega segoviano también debe de conocer más que yo a José Luis, su compañero vallisoletano de raíces leonesas. Mi opinión sobre éste viene de la imagen que proyecta desde que lideró la plataforma Nueva Vía y de lo que se publica sobre sus decisiones y acciones. Hay directrices suyas que me gustan, pero otras no las entiendo o no comparto.
Como emprendedor que depende en buena medida del desarrollo de internet, no me ha gustado su política respectiva hasta la fecha. No me agrada su cercanía a los que intentan criminalizar algunos usos de la red. También discrepo de su idea sobre los “creadores de la cultura” y de subvencionar ciertos negocios relacionados.
Evidentemente, un gobernante democrático debe escoger entre distintas formas de aplicar los recursos limitados. Al salir elegido tras pregonar un programa, debiera basarse en éste para sus prioridades y decisiones. Ahora bien, ¿qué hacer cuando le faltan votos, cuando hay muchos ciudadanos que actúan en contra de alguna de sus ideas (aunque le hayan votado) o cuando cambian rápidamente las circunstancias?
Rodríguez Zapatero se enfrenta a varias cuestiones derivadas de estas contingencias. El pacto con el PP para gobernar en el País Vasco, la regulación de los derechos de autor y la recesión económica son tres ejemplos.
Los políticos y los emprendedores parten de un plan, pero luego han de adaptarse rápidamente a los escenarios reales si quieren desempeñar bien su papel. El carisma del dirigente puede devenir crítico. Lo que no pueden hacer es parapetarse tras farfollas que aparenten actividad esperando que el entorno cambie solo.
El emprendedor que desee hacer bien su trabajo nunca intentará resolver un problema de esta guisa. Analizará situaciones, identificará causas, generará posibles acciones y escogerá después de valorarlas según patrones de utilidad, coste, plazo y riesgo. Se han desarrollado para ello varios métodos que siguen vivos. Por contra, el político parece más interesado en calificar comportamientos, identificar culpables, prescribir ideas y escoger escenarios donde presentar sus mensajes según los destinatarios.
Desde el plano directivo, antes que provocar una crisis de gobierno para cambiar sus políticas, parece más que el ex profesor de derecho tan sólo ha reaccionado ante un gobierno en crisis. Para mí, el «cambio de ritmo» y el «es la hora de la política para vencer la crisis» son simples fruslerías propagandísticas. Por desgracia, el bullshit también resulta frecuente entre los directivos empresariales.
No puede haber debate sobre que nuestra presente situación económica se caracteriza por su impresionante, creciente y preocupante tasa de paro. Existe una dualización del mercado laboral insoportable. Pensando en las nuevas generaciones, el desempleo resulta inexplicable e inadmisible.
No obstante, nuestros maestros de los derechos insisten en reforzar los mismos mensajes y medidas que nos han conducido a ella. Potencian la creencia de que los malos son los que despiden y abusan para intentar salvar las empresas o aumentar su competitividad internacional.
Como opina Marc Vidal, «el presidente no se da cuenta de la encrucijada en la que se encuentra España y sigue asumiendo retos mediáticos como si esto fuera un concurso de telegenia.» Para crear empleo hace falta mucho más que confianza. Ha de poder rectificarse ágilmente cuando no se cumplen los planes. Es chocante ver cómo en Alemania, uno de nuestros países de referencia, la reducción de horas de trabajo y salarios mediante un ERE se trata de distinta forma.
¡Ojalá escucharan a José Antonio Griñán! Se dirige a una Andalucía donde, «con 490.000 empleados en el sector público, […], hay 9 trabajadores activos en la empresa privada por cada 10 funcionarios, pensionistas y parados.»
Según Ignacio Martínez, el que mañana será nuevo presidente autonómico «ha recordado a los suyos que el sector público se financia con el sector privado, y que hay que poner esos recursos públicos a disposición de la creación de riqueza, de los que arriesgan, de los que emprenden.»
Entradas de este cuaderno con alguna relación: Campaña contra el liberalismo, La política de gastos y gestos, La política del cambio de ritmo.
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