¿Hasta dónde se puede imponer un determinado modo de funcionar en una organización social? ¿Qué papel han de jugar los gobernantes y “dinamizadores” respecto del que han de desempeñar los “organizados”? ¿Qué motivaciones impulsan a unos y otros?
«La vida de los otros» es el título en español de una película que me gustó mucho por varios motivos. Uno de ellos es la descripción que hace de la vida en una sociedad “muy organizada”, tanto de una manera intensiva como exhaustiva, o de una forma muy activa y amplia si así se me entiende mejor. La desaparición del régimen político que gobernó la RDA durante 50 años tras la Segunda Guerra Mundial fue simbolizada por la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989.
Entonces terminó una etapa donde la divergencia entre legislación y ética generó bastantes disonancias cognitivas entre sus habitantes. No obstante, la mayoría de la población se había adaptado a vivir bajo las normas y el control de una federación política única que, a través de sus muchos militantes, promovía y controlaba todas las actividades de la “organización social”. Creo que los parientes y simpatizantes de la Alemania Occidental constituyeron un apoyo relevante para los disidentes.
He recordado esa película por dos razones. Una es la situación que se está viviendo en Irán (otra democracia aparente) tras las elecciones del pasado fin de semana. ¿Qué poder real tienen y pueden ejercer hoy sobre los integrantes de una organización los que intentan determinar su funcionamiento, especialmente contra la oposición de un gran número de sus miembros? En cualquier caso, me parece que, en entornos culturales distantes en espacio y tiempo, siguen apareciendo fenómenos de control tristemente cercanos.
La otra razón para haber pensado en la motivación de los demás ha sido el interesante documental «Flores de luna» que vi en la última sesión de «Versión española». El largometraje y las conversaciones versaron sobre la experiencia de muchos inmigrantes: los que se desplazaron desde la España rural a la urbana durante los años 50 y se asentaron en la finca de La Cambronera, al sureste de Madrid. Entonces era ya conocida como el Pozo del Tío Raimundo por el brocal que asomaba junto a la vaquería de antes de la guerra civil.
No fueron los únicos, ni los primeros ni los últimos. Las barriadas obreras de Orcasitas en Usera, San Cristóbal en Villaverde, Entrevías, Palomeras y Cerro del Tío Pío en Vallecas, Gran San Blas en Canillejas… fueron otros barrizales madrileños que también vieron llegar, esforzarse y luchar con dignidad a miles de campesinos que escapaban de la miseria —y en muchos casos también de la discriminación por su desafecto al franquismo— desde los latifundios andaluces, extremeños y manchegos.
Esperanza Molina, una universitaria de la burguesía que vivió allí entre 1957 y 1964 publicando «Los otros madrileños. El Pozo del Tío Raimundo» en 1984, recordaba el viernes: «Si alguna motivación había en las personas, […] en la generación que hizo El Pozo, [… estaba en lo que decían] marcando enormemente, con una expresión fuerte: es que yo lo que vengo a buscar aquí es escuela y médico “pa” mis hijos. Que no sean como yo. Que puedan estudiar, que puedan aprender. […] A ver si ellos consiguen “un trabajo de corbata”».
La voz del relato introductorio decía que: «Este barrio obrero se convirtió en modelo de organización y referencia social. Su lucha basada en la cooperación, el esfuerzo y la conciencia de clase es todo un símbolo de superación personal y colectiva». Los niños y jóvenes que llegaron en los años 50 y 60 fueron ayudados por los educadores de colectivos sociales de la época. Entonces eran jóvenes universitarios voluntarios y sacerdotes jesuitas practicantes de la teología de la liberación.
Fue una barriada autoconstruida en su origen, al estilo de lo que se hacía en sus pueblos de partida. En ella se demostró que, con unos padres emprendedores y decididos apoyados por buenos dinamizadores, se puede llegar a movilizar y a concienciar a los jóvenes para lograr el cambio que anhelaban. La transformación urbanística y cultural fue un gran caso de éxito de las asociaciones vecinales. Evidentemente, hubo que hacer grandes sacrificios y superar muchos dolores y sufrimientos.
No ha habido continuidad. Los jóvenes actuales han rechazado esa cadena de comunicación y de valores. El fracaso escolar actual es elevadísimo. Uno de los hijos de ayer y padres de hoy decía que ellos no tenían cultura y estaban ansiosos por adquirirla. Sin embargo, sus hijos están ahora rodeados por la cultura, pero no se interesan por ella. Tampoco aprecian la solidaridad que había entre los vecinos forjada en una lucha constante defendiendo sus reivindicaciones para mejorar su barrio y sus condiciones de vida y trabajo.
Arriba me he referido a los intentos de control de las organizaciones sociales porque la historia muestra que siempre aparecen un final y un cambio. También enseña que estas situaciones suelen repetirse. La esclavitud, el feudalismo, el despotismo, la dictadura… tienden a reaparecer con otras facetas. ¿Qué motivaciones tienen unos y otros? ¿Cómo se potencian o se frenan esos impulsos? ¿Puede equipararse lo legal con lo ético? ¿Los estímulos de cambio han de ser más endógenos que exógenos?
La cuestión que me viene ahora, después de haber comentado desigualmente estos tres casos, es: ¿Qué papel juegan los que apoyan a los que han decidido luchar contra un cierto régimen o estado de las cosas? ¿Cuánto depende el éxito de una transformación de los educadores, voluntarios, cooperantes, monitores, asistentes, agitadores, dinamizadores… sociales?
Entradas de este cuaderno con alguna relación: Educación: una verdad incómoda, La motivación de cada uno.
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