Blog de JoseMPelaez

Aprendimiento: aprender del entorno con atrevimiento

Archive for 14 enero 2009

Crisis económica y depresiones

Posted by josempelaez en Miércoles, 14 enero 2009

Si hace pocos días eran las cifras del desempleo español ahora son las de su déficit público. Nada inesperado para los que consideramos que estamos ante una crisis importante y estructural. No creo que el aumento del gasto público pueda paliar los efectos más allá de unos pocos meses. ¿Caeremos luego en depresiones económicas y psicológicas? Entiendo que así ocurrirá mientras nos empeñemos en mantener unos paradigmas viejos.

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Diagrama de causas y efectos de la crisis financiera en EUA (Natham, FlowingData 081125)

Terminé la anotación anterior con una metáfora sobre apesadumbrados ciclistas cargados con mochilas. Me inquieta el tiempo que pueda durar el crítico viaje económico en el que estamos embarcados. Se me antoja que va a ser demasiado largo para el planteamiento que más abunda entre los esforzados y forzosos viajeros. Aunque muchos mantienen aún cierto optimismo voluntarista —según pudimos ver en el especial de Cuatro de esa noche—, a mí no me convencen nada las declaraciones de Corbacho o R.Zapatero sobre que las cifras del paro disminuirán en el segundo semestre. 

No he escuchado buenas razones sobre las causas que los gobernantes creen que hay detrás y que les han movido a anunciarnos el Plan E -nésimo para intentar superar la crisis. Tampoco percibo que conozcan bien los caminos que nos han conducido a los efectos que miden y pronostican los indicadores económicos.

Aunque el déficit exterior español se esté reduciendo desde el nivel del 10-11% ante la “desaceleración” económica y la “profundización” de la crisis, el relevante deterioro de las cuentas públicas fruto de los planes para tratar de neutralizar sus efectos causa un “déficit gemelo” que va a encarecer la deuda pública española. Esto dificultará más la financiación que muchas familias, autónomos y empresas necesitan para amortiguar la pérdida de ingresos y la morosidad, así como otras consecuencias del gran parón productivo, como la reducción del turismo la que puede convertirse en una depresión significativa.

La recesión que anunciaba la burbuja inmobiliaria en 2006 fue ignorada por el Gobierno hasta hace medio año, a pesar de los datos disponibles desde primeros de 2007. Además, los gastos de los servicios públicos y de gestión de las AA PP están aumentando por encima de la inflación oficial. También considero que las permanentes reclamaciones económicas derivadas de las singularidades autonómicas van a empeorar la situación. Creo que todas estas cosas restan autoridad moral y credibilidad económica a nuestros actuales dirigentes políticos. ¿Qué límites podremos aceptar para los déficits?

¿Qué pasaría si se desmoronasen casi de golpe todas las cestas, hatillos y acopios materiales que hemos ido cosechando a lo largo de nuestras vidas y que almacenamos o acarreamos por si acaso como animales temerosos que somos? ¿Qué sucedería ante una ola tan devastadora como la causada por otras acciones humanas en Ribadelago hace cincuenta años? ¿Qué ocurriría si la mayoría de nuestras pertenencias se rompieran al caer y sus restos se desparramasen por los suelos de aquí y de allá haciendo que su recomposición fuera prácticamente inviable, inabordable, impracticable, imposible…? ¿Reviviríamos los disturbios sociales y las políticas comerciales proteccionistas de tiempos aparentemente superados en muchas zonas de este planeta?

Además, supongo que, ante tamaño desastre, el desánimo, el abatimiento, la desesperación y otros estados o sentimientos de esta categoría afectarían nuestra mente para apoderarse de ella durante un tiempo que, para algunos, podría ser “eterno”. ¿Seguiría aumentando el Gobierno el déficit público para poder presentar un Plan P -sicoanalítico con el que lidiar con los efectos? ¿Cuándo dejaría de ignorar la necesidad de un debate serio para formular el diagnóstico correcto y el tratamiento acertado de las causas?

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Familia pueblo zamorano de Ribadelago en 1959 (RTVE 090109)

Mientras intentaran digerir los ánimos negativos, algunos ciudadanos mirarían al cielo para encontrar consuelo y poder seguir disfrutando de la vida ante la falta de posibles explicaciones y remedios. En ello estamos muy condicionados por los marcos de referencia, patrones o paradigmas que establecimos durante nuestro desarrollo cerebral infantil para poder reaccionar ante los estímulos que percibíamos vinculando causas y efectos. Tristemente, habría quienes creyeran que semejante catástrofe no podría haber surgido a ras del suelo que pisamos como consecuencia de nuestras propias decisiones. Lo observado desbordaría muy probablemente su comprensión derivada de las capacidades de asimilación y acomodación adquiridas teóricamente (o no) según los patrones piagetianos del desarrollo cognitivo.

No obstante, creo que serían muchos más los que buscarían alguien también extraño a ellos, pero más cercano, a quien poder culpar de lo acontecido para proponer medidas correctivas manteniendo el esquema teórico existente. Creo que no serían tantos los que declararían que les gusta la crisis porque despejan el panorama ya que dejan al descubierto las medias verdades. Me parece que serían todavía menos los que centrarían sus esfuerzos en tratar de establecer un nuevo paradigma para el funcionamiento de la economía. ¿Vamos a limitarnos a repetir la confrontación entre monetarismo y keynesianismo?

¿Tendremos finalmente una “nueva economía” derivada de la educación, transparencia y globalización consecuentes con los avances en el transporte de informaciones, personas y mercancías?

Me parece que la economía actual tiene mucho más de creencia que de ciencia; más de pensamiento dogmático que racional. Voy a dejarlo aquí hasta otro día porque estos hilos pueden llevarnos a muchas otras entradas y reflexiones.

[ActualizaciónPongamos fin, de una vez, al disparate autonómico de Alberto Artero (S. McCoy), el nuevo director de Cotizalia.]

Entradas de este cuaderno con alguna relación: Medidas y duración de la crisis, Educación: una verdad incómoda

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Medidas y duración de la crisis

Posted by josempelaez en Viernes, 9 enero 2009

Las nuevas cifras del paro en España y en los EUA indican nuevamente la magnitud de la crisis económica. Vemos que las medidas para combatirla no han tenido los efectos deseados hasta el momento. Los gobernantes recomiendan esperar, pero no hay consenso sobre las causas, ni sobre el modelo a emplear ni sobre su duración. Pienso que la situación "anormal" tendrá una larga duración y que requerirá un gran cambio de mentalidad.

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Vehículos atascados en un sentido de la M-40 de Madrid, mientras el otro está cerrado al tráfico (©EFE/Chema Moya, 20 Minutos 090109)

En algunas entradas anteriores me he referido a la presente crisis económica y a las medidas adoptadas por el Gobierno español para paliar sus efectos, si es que no fallan. No podemos olvidar que estamos ante medidas experimentales dada la carencia de antecedentes y de teorías económicas que acierten en sus predicciones. En esencia, se van a garantizar más los depósitos bancarios y se va a respaldar una parte del dinero “creado” en la etapa de hinchazón de la burbuja inmobiliaria y consumista para evitar quiebras demasiado embarazosas. También se va a generar deuda pública para tratar de reactivar el sistema financiero y para ayudar directamente a las pymes en espera de que la llegada de tiempos mejores no se demore mucho.

Mi opinión es que esto no sucederá así debido a que los problemas estructurales y la relevante morosidad que padecemos requerirán de un tiempo de sanación muy superior a una docena de meses. Las viviendas vacías no van a desaparecer del mapa en varios años. Los ciudadanos que puedan van a ahorrar; no van a seguir consumiendo confiando en un futuro sin dificultades. Consecuentemente, ante la caída de la demanda, la producción se reducirá, y el nivel de empleo lo seguirá acusando. Una cosa es pensar en las elecciones y “generar” trabajos temporales en las constructoras o en los municipios para reformar fuentes públicas que reciclen su agua, o para contratar cuadrillas para que echen sal en las vías públicas, y otra muy distinta el saber regular las precipitaciones de agua y nieve. Como eso no se conoce, pero sí podemos ver los nubarrones —a ojo de buen cubero o mediante la ayuda de los satélites—, nos refugiaremos como sepamos y podamos para no calarnos ni resfriarnos.

Me encuadro entre los escépticos que cuestionan la eficacia de las medidas adoptadas hasta el momento dada la naturaleza sistémica que apreciamos en esta crisis. No creo que los efectos económicos que observamos procedan sólo del final de un ciclo expansivo ajeno a nosotros. Entre otros motivos porque las supuestas causas globales están teniendo un impacto diferente según los países.

Entiendo que las consecuencias que estamos viendo se deben también a un secuestro activo y pasivo de las decisiones públicas sobre el bien común por parte de los intereses particulares de muchos gestores financieros, políticos domésticos, grandes empresas, asociaciones profesionales, sindicatos de trabajadores… que sólo representan a una fracción pequeña de la población. Para mí que, aparte de que no sabemos cómo funciona y se regula la economía, también estamos ante los resultados de un clásico problema de gilds, aunque su relación no sea tan evidente como en los que causa el gremio de los autores.

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T-Shirt basada en viñeta indicadora de los tiempos que corren (Zazzle.com, via Jordi's blues)

A la deuda pública que van a generar las medidas citadas habrá que añadir los fondos públicos destinados a subsidiar a los que siguen perdiendo su empleo o se prejubilan en los EREs, así como a pagar a los que fabrican o ensamblan productos (pisos, puertas, electro domésticos, coches, películas, discos, títulos académicos…) que no se venden por exceso de capacidad, defecto de competitividad o caducidad de su enfoque del negocio. Deberán sumarse los dedicados a construir infraestructuras de barro, madera, hormigón, metal o plástico que deben luego mantenerse con sueldos que habrá que pagar, a sostener una actividad mínima de investigación básica y desarrollo industrial, a pagar los gastos corrientes de unas administraciones públicas infladas por la burbuja… ¿Quién sabe qué más ayudas tendremos que sufragar entre todos una vez que los grandes estados liberales descartaron la senda de las quiebras y apostaron por apuntalar ciertos planteamientos de negocio insostenibles mientras se les ocurre algo?

Bien, entiendo que algo había que hacer a corto plazo para eludir el caer en una depresión profunda, económica y mental. Hay que sostener la confianza en el funcionamiento de las ruedas de la economía y el ánimo consumista de los que circulan con ellas. Hay que ganar tiempo para que cojan aire y vuelvan a poder pagar las deudas que adquirieron animados por la publicidad inherente a un sistema libre de mercado. 

Las bicicletas del progreso material no pueden detenerse de sopetón. Si así sucediera, todo lo que sostienen y se mueve sobre ellas se derrumbaría estrepitosamente. No queremos eso, ¿verdad? El problema es saber durante cuánto tiempo podremos seguir avanzando esforzadamente a rebufo del gran pelotón con nuestras pesadas mochilas llenas de lastres hipotecarios y de otras clases cargadas a la espalda. No duraremos muchos años pedaleando de forma más o menos compacta por mucho que apretemos los dientes y recurramos a todos los tipos imaginables de inyecciones externas. El riesgo de desmembramiento es alto. Los descolgados podrían abandonar, subirse a los coches escoba y “tirar p’arriba” arrollando a todos los que encontraran a su paso. 

Por consiguiente, creo que hemos de tomar conciencia de nuestra riqueza real, de ir arrojando cargas innecesarias para vivir, de ir olvidando ciertos “consejos” publicitarios y de ir ajustando nuestras expectativas de forma consecuente.

Entradas de este cuaderno con alguna relación: Parón económico por sorpresa, Crédito liquidador de operaciones

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Lectura, educación y frustración

Posted by josempelaez en Lunes, 5 enero 2009

El lenguaje es una competencia básica que debemos desarrollar tras nacer. Creo que escuchar y leer son dos actividades infravaloradas en la presente educación española hasta los dieciséis años. La habilidad lingüística condiciona nuestra capacidad empírica para prever algo. También para pensar sobre el futuro y poder anticiparnos. Pedagogía y democracia son materias que no deben confundirse. Cuando ello ocurre, aparecen «verdades incómodas» y frustrantes.

Plano de Chamberi (Google Maps)

Plano de Chamberí (Google Maps)

Considero que en uno de los textos de Arturo Pérez-Reverte (APR) a los que me referí en la entrada reciente sobre la educación como «verdad incómoda» hay un par de frases que ilustran muy bien nuestra realidad educativa. El reportero, novelista, académico de La Española y maestro de las palabras manifiesta que hoy en día generalmente se valora poco la lectura en voz alta en las aulas. Hace cincuenta años se empleaba para educar la escucha y para fomentar la emulación y la competencia estimuladoras. Otro punto que comenta es lo mucho que se critica al que lee solitariamente en un rincón de la escuela o de su hogar en lugar de jugar en el patio o en la calle con el grupo de turno.

Recuerdo bien, de mi etapa de colegio concertado en una institución educativa religiosa del madrileño barrio céntrico de Chamberí (1959-70), que ambas cosas son perfectamente compatibles. No obstante, cuando en los últimos tiempos he hablado con algún quinceañero de los que acuden a colegios privados en zonas residenciales de las afueras, me enrabieta escuchar que no leen, ni les interesa. El entretenimiento de mis interlocutores hasta esa edad ha sido básicamente el de la práctica de juegos electrónicos salpicada con alguna actividad deportiva.

Cuando hablo con sus padres (familiares, amigos, proveedores…) —que pasan mucho tiempo trabajando, como lo hicieron los míos—, algunos me dicen simplemente que la vida actual es así. No obstante, los hay que conducen la educación de sus hijos realizando otras actividades y transmitiendo sus valores. También los hay que declinan esa responsabilidad y la transfieren al sistema educativo. Éstos reservan o compran una plaza en él al igual que adquieren otros objetos que reclaman sus hijos a cambio del tiempo que no les dedican. No obstante, opino que la buena o la mala educación no dependen demasiado del dinero que gaste uno en ellas. Es mucho más una cuestión de saber y de dedicarle tiempo suficiente.

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Vida entre libros (cc Dan!!!!, Flickr 080408)

Me parece que la vida actual de una gran parte de los adolescentes está mucho más condicionada por lo que prescribe la peña que lo que estaba determinada la nuestra en los sesenta por lo que decían los demás miembros de nuestro círculo. Creo que muchos de los de mi clase estábamos bastante influidos por los educadores vocacionales que teníamos. A esas edades, y antes y después en mi entorno de barrio burgués de profesionales y comerciantes, pasábamos una buena parte de los ratos libres leyendo en casa o en la biblioteca. El resto del tiempo jugábamos en casa de alguno, en la Casa de Campo, en la sierra o en la playa, charlábamos paseando por la calle o íbamos al cine con la pandilla de turno (colegio, barrio o vacaciones).

Los volúmenes de ficción, las novelas históricas y otros libros nos aportaban perspectivas y experiencias vitales que no encontrábamos en los relatos de los que nos rodeaban, cuando se producían. Tampoco estaban en las novelas radiofónicas ni en las películas que se proyectaban en los salones de los colegios o en las salas cinematográficas de la época. La gran mayoría no teníamos televisión, ni otras muchas cosas que hoy abundan.

Entre semana teníamos que estudiar de forma cotidiana porque te podían preguntar la lección en cualquier momento. Si ibas a casa con malas notas, tus padres no lo disculpaban y, por supuesto, reprobaban tu comportamiento. La autoridad del profesor y su prestigio social eran superiores a los actuales. Nuestros padres daban mucha importancia a la educación formal, un bien que entonces era más escaso que ahora en su cantidad, pero no creo que lo fuera en su calidad.

Aunque algunos de nuestros padres no fuesen partidarios de la Dictadura franquista —que nos obligaba a cantar himnos “patrióticos” en el patio antes de ir a clase—, casi todos conocían bien el valor de aprender lengua y literatura, filosofía, historia, biología, física, matemáticas…, y el de las leyes o reglas que sustentaban estas materias. En la mayoría de los casos, o ellos o nuestros abuelos no habían tenido la oportunidad de ir más allá de leer y escribir a duras penas y de aprender las cuatro reglas de la aritmética. Ansiaban otras oportunidades para sus descendientes. Consideraban que ello demandaba cierta disciplina y el seguir unos principios básicos de respeto a los mayores y educadores.

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Zona de desarrollo próximo de Lev Vygotsky (McGill Univ)

En la segunda mitad de los setenta, en mi entorno hablábamos mucho de alternativas educativas al sistema público dominante. Muchos eran los que lo tildaban de ser muy autoritario,  memorístico y frustrante. El conocido aforismo del suizo Piaget acerca de que «todo lo que se enseña a un niño se le impide descubrirlo por sí mismo» reclamaba con fuerza su expansión por todo el sistema educativo. Se alegaba que no había que instruir o educar, sino simplemente facilitar el aprendizaje autónomo al ritmo de cada individuo.

Es una lástima que las ideas de Vygotsky no hubieran disfrutado de tanta difusión como las del suizo en la España de aquellos tiempos. Si entonces se hubieran considerado más los resultados de las investigaciones del ruso, el papel y la formación de los educadores no se hubiera devaluado tanto como la disciplina y la repetición que se habían estilado hasta entonces. Los padres y los maestros tienen roles esenciales en la construcción del andamiaje necesario para un buen desarrollo cognitivo, emocional y operativo de los niños en las culturas más evolucionadas. La simple imitación y el lento descubrimiento manipulativo son notoriamente insuficientes e ineficientes en estos casos. Luego falta tiempo para leer. Puede que el saber ocupe poco espacio cerebral (algo que las resonancias magnéticas aún están delimitando), pero lo que sí requiere es de mucho tiempo.

A final de los setenta también era profesor universitario y tenía amigos mayores que buscaban una educación diferente para sus hijos. Libertad de ideas, de relaciones con el otro sexo, supresión de la represión, superación de la frustración, ser felices sin sacrificarse, métodos democráticos en la educación… Eran éstas las cuestiones que hicieron que muchos treintañeros se interesaran por ideas y movimientos como el de la Escuela de Summerhill en el Reino Unido, o que leyeran y siguieran las recomendaciones de libros como el de Benjamin Spock en los Estados Unidos. Predicaban que los niños debían de crecer en total libertad y sin sufrir frustraciones traumatizantes si se les llevaba la contraria.

En la España de los ochenta, muchos de los gobernantes que reformaron el sistema educativo compartían esa manera de pensar (“psicopedagocráticos”, los llama APR). Lógicamente, no quisieron que sus vástagos tuvieran que pasar por las mismas experiencias que ellos, como si hubieran quedado infracapacitados para el resto de sus vidas. Ello me resulta paradójico. Se debían de considerar aptos para legislar y gobernar un cambio a la par que inútiles por haber sido educados de una forma que estaban reformando. Considero que la pifiaron al mezclar churras con merinas. Hoy tenemos un problema serio. ¿Podemos abandonar la política y la educación?

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Imagen cerebral (Guangping Dai, Ruopeng Wang, Jeremy Schmahmann, Van Wedeen, MGH | MIT TR 080806)

Creo que hay que diferenciar entre eliminar ciertas técnicas educativas y suprimir principios pedagógicos básicos. No soy el único que piensa que, desde entonces, hemos ido a peor, y que tenemos una mala educación.

Lo que va a frustrarnos ahora, entre otras cosas, es que nuestro sistema educativo no ha desarrollado las competencias virtuosas necesarias para que los ciudadanos del mundo prefieran nuestros bienes y servicios, por poner un ejemplo al hilo de la crisis económica. Nuestras balanzas exteriores indican que, a la hora de producir, nos llevan ventaja los extranjeros que mejor se educan o más se sacrifican.

El “cableado cerebral” necesario para trabajar de forma eficaz, productiva e innovadora se monta mucho mejor a los seis años que a los veinticinco. Con esto no me refiero al aprendizaje de las técnicas y artes propias de los oficios y profesiones. Hablo de la construcción de las competencias cognitivas, afectivas y rutinarias que componen nuestro carácter, parte de la inteligencia que adquirimos para formar la base de nuestro comportamiento.

¿Tenemos un problema como padres, familiares, educadores, maestros, profesores, monitores, mentores, jefes, entrenadores…, o culpamos al gobierno mientras miramos para otro lado para no afrontar la «verdad incómoda» de la educación?

Entradas de este cuaderno con alguna relación: Educación: una verdad incómoda

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